Si hay memoria no dejemos olvidar.
es una buena opción para combatir al mal llamado liberalismo
(Fuente: demurgaesmidestino, vía fuerzalocuraylibertad)
vecino fortuito
La Ñ por una revista, que algo de bueno tiene en lo profundo del clasismo.
La L mi deseo incuncluso de la lectura. mi pasiòn con aquella que nada entendio de mi, y la frustaciòn del amor en la estaciòn que mas me gusta.
[i]Ayer pude recordar las hermosas noches
y las luces de la capital. Recordé tu habitación
y su araucanía. Los discos son los mismos y a
ellos les debo mi condena parcial de esta
época en donde la tierra y el sol son
víctimas del viento.
Las nubes y las hojas de Junio y
el recuerdo consecuente de tu vestido azul en
los dias de enero.[/i]
inconclusion; su momento fue inconclución- mimomento es inconclusión. franz kafka sintetiza en todas sus obras la complejidad del mundo moderno, y la eterna sensación de estar siempre en un lugar incomodo, equiboco; insoportable. arta densidad, descripciones puntuales, la carga existencial en cada pasaje de sus historias, sin equilibrio.
conversacion con el orante
Nos desveló aquella charla, tan indecorosa y perspicaz, pero charla al fin, en donde concluimos entre mi compañero y yo, que los extraños, verosímiles aún, se mantenían ocultos entre nosotros. Nuestra hipótesis central: la luna tan brillante y extraña, que se avizoraba entre las nubes tenues. Un círculo gigante, formando un radio perfecto nos cautivó la mirada. ¿Quién estaba detrás de aquél incomprensible? Con obviedad, con miedo, con ilusión, la respuesta ante nosotros caía de madura. Quien más que las metáforas. Era una clara demostración de su poder, un aviso descomunal de que nuestra suerte tenía un tiempo y ese tiempo era inocuo, precoz. Me dijo él, mi compañero audaz, amante de los hechos proféticos y referidos al credo, “van a pretender engañarte diciendo que son cosas de la naturaleza, necios, todos sabemos que vienen bajando a invadirnos…”
En un principio – debo confesarlo – no le creí una sola palabra de aquella inescrupulosa explicación fluida, pensé que hablaba con un loco, por ello atiné a responder con grandilocuencia “que fantasioso… por demás infantil! años de ciencia y usted ignorándolo como si nada. Hay parámetros lógicos que conducen al mundo. Mi amigo, usted está en un error…”.
El en su afán de demostrar hechos inexplicables; yo con la certeza del respaldo científico. Fue así como se sucedió la charla. Describimos la dialéctica, sin llegar a un punto equitativo. Acordamos, por ello, un mundo, pero no pudimos clasificar a los entes que lo componían. Le propuse dos, el aceptó ya que también así lo creía. Entonces determinamos - y esto fue verdaderamente agotador – que los mundos eran paralelos, complejos, piramidales, hermosos, perfectos, por ende, indescriptibles y lejanos de todo entendimiento. Algo supremo. Los mundos, dos: uno agosto, espiritual; el otro científico, lógico. ¿Y la doxa donde se encuentra? Se clasifica en el segundo. ¿y la doctrina religiosa? En una parte, contribuye al quehacer de la vida cotidiana, y trasforma con ello la naturaleza, por esto, responde al segundo mundo. “Pero tengamos en cuenta – me dijo ya con cansancio en sus palabras – que la religiosidad tiene un contenido espiritual, que no es posible explicar dentro de la lógica. (Sabiendo que, dentro la lógica todo es comprobable,) y esto no lo es… me temo mi amigo, debemos poder discernir que esta categoría se bifurca y se clasifica en el mundo Agustiniano”. La acepte como verdadera, luego de una vasta y trémula fundamentación. ¿Y Borges y su rencor con el Fútbol? “Donde se clasifican las pasiones”, surgía como posible respuesta. ¿Dónde entonces? Ambos nos miramos, miramos la luna y brillaba. Entonces dormimos inconformes pero sin fuerzas para rediscutir nuestra tesis. Y algunos días después, caminando por diagonal norte, luego de recorrer gustosos Talcahuano, nos miramos otra vez, y con nosotros, la luna brillaba. Él dijo nuevamente: “Son ellos; Suponen que sabemos”, el silencio aconteció y se mantuvo con el impacto del claro manto lunar.
Facundo Silva Cáceres
Al final los verbos eran amarillos. Es cierto: antes solian ser azules, pero el tiempo innocuo los trasmuto y el paralelo les tino el alma claraboya.
—ex patrimonio de mi lengua
Uno recréa un hecho, abstracto por supuesto. Lo edita en profundidad y lo consagra una obra. Para ello le dedica la vida y las palabras mas brillantes. Apreando quien sabe quien, mintiendo en un ocaso que al fín y al cabo solo se garúa en la mente.
O no. No lo hace. No hace nada. ¿Por qué? por que la vida no existe. solo existen los disfraces coloridos y las noches de brindis y cumpleaños. existen las mentiras y los besos y el frio. y uno recréa un hecho, para aislarse del miedo al fracaso, pero ese hecho es un supuesto, el supuesto de alguién que no piensa en el amor. sólo en el dinero. sólo en el dinero. sólo en el dinero. sólo en el dinero. sólo en el dinero. sólo en el dinero. sólo en el dinero. sólo en el amor al dinero.
FIESTA EN LA ESTACION
Soñé con una estación de trenes. Una fiesta se establecía, entre casas y vagones viejos. Mucha gente la habitaba. Enfrente, una sensación hostil advertía mis movimientos. La incertidumbre merodeaba el sueño, y se estableció concreto al cavo de un momento. Un ambiente costero prevalecía, aún así era de noche y las estrellas se abrazaban a las luces de aquel clima festivo. En mi sueño, mis amores y mi desamor constituían una relación de contradicción, una interacción dialéctica y ubicado como externo mis observaciones sujetivas se mantenían ajenas a todo ese juego glamoroso. Un poco de alcohol, un poco de esto y de lo otro también, y los colores y las estrellas brillaban entre la densidad y la saturación del propio brillo. A medida el tiempo pasaba, se complico mi aparente autonomía mediadora. La realidad era racional, la realidad era en mí. Deje de ser mi autodeterminación, ya no existía eticidad en el espacio. Perdí mi capacidad racional, sin embargo continué siendo idea y espíritu, solo que ahora, mi ser se reconfiguraba en una mera particularidad. El sueño era sustancia. Perdí noción del concepto amor y por consiguiente, ya no existía desamor. Mi intención se establecía limitada por la universalidad. Solo la sensación de estar, de sentir, de querer. Una fiesta y la estación de tren, cuando la angustia apareció, mi determinación volvió a ser universal abstracta, pero nunca deje la particularidad y la emoción. Concluí por entonces que el sueño desaparecía y solo mi deseo mantenía viva las imágenes.
Facundo Silva Caceres
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La densidad del blues: que es del rock sin la densidad que la compone? me tomó una noche imaginar un ritmo que programe en mi notebook; entre semana corregí y reparé lo que no creí maduro. al cavo de un tiempo corto tenía terminado el loop e imagine unas notas en do. lo mostre a mi companero cábral quien grabó una guitarra rítmica y la principal, el resto salió solo.
LA MUERTE DEL SENIOR SMITH
A pesar de aquellas tristezas de la zona mas humilde del sur, en una casa estaban de festejo. Luces en el comedor encendidas y la mirada atenta de los chiquitos por detrás la ventana empañada. Narices coloradas y a la espera también, pero el tiempo se hacia espeso y el encuentro no ocurría. ¿Por qué la demora de su padre en aquel invierno hermoso? Y es de suma importancia comentar que el señor Smith, a pesar de no estar viviendo en su casa, por cuestiones amorosas que solo Calígulas podría resolver, jamás dejaba de ver a sus hijitos. Y así como Ángel Santillán no se pierde un concierto de Camerata Bariloche, el jamás llegaba tarde a visitarlos. ¿Por qué entonces no había podido asistir, nuestro héroe romántico al cumpleaños de los mellizos? Simple la respuesta. Simple y trágica: Caminaba el queridísimo señor Smith al rededor de las ocho de la noche. Sus alargados pasos recorrían la calle Lugones, y esquivaban algún que otro bache de los muchos que suelen encontrarse por el barrio de barracas. Se vio solo por esas cuadras, a merced de la noche y de sonidos que la ciudad le proporcionaba. El soliloquio de la fábrica de curtiembres en la que trabaja – de la cual había salido hace una media hora – lo había acostumbrado escuchar melodías aturdidoras y molestas, inquietantes para cualquier persona sensible. Y fuera esa la razón quizás, de la fabulosa contemplación a la cual se sometía a los ruidos de la metrópolis, aquellos sonidos de la nueva era. En varias oportunidades se encontraba amante incesante de la niebla y de sus persuasiones; se entregaba con cautela, pero vulnerable al fin y el goce lo trasportaba por los linderos del asfalto. ¿Podría encontrar nuestro amado, tan cálidos y amistosos a los cordones de la vereda? Si, le encantaba esa sensación de templanza y por momentos se olvidaba del cortante frío de nuestras épocas, que rajaban su adusta cara e intentaban desmoralizar su corazón de padre franco y su grandeza como hombre. Entonces como si nada y en medio de sus típicas reflexiones de la vida que llevaba - de sus posibles sueños inconclusos y de su pasión por encontrar un tiempo y espacio para su quehacer mayor, el de ser un poeta - unos mal vivientes le aparecieron de sorpresa. El no los vio, sus sensores lo engañaron, estaban maravillados con la hermosa luna que ese día, miércoles veinticuatro, visitaba a la ciudad invernal y le daba uno de sus mejores esplendores, aurora tal vez. Los maleantes le pidieron de una forma áspera que se este quieto. El con cautela e inteligencia lo hizo. Torpemente comenzaron a arrastrarlo hasta un costado de la esquina de Lugones y Brasil y balbuceando quien sabe que, le obligaron a bailar, con las manos en la cabeza y sus piernas cansadas en saltos. Recordó en breves segundos algún que otro dicho sobre la pena de muerte; también recordó a alguien artista (o que así se hacían llamar), quien dijo por esas semanas que aquel que mata tiene que morir, como quien dice que aquel que ama tiene que ser amado o algo de tamaña barbaridad. ¿Se imagina acaso a un Borges amando y pretendiendo que lo amen? ¿Podrían odiar los poetas, sumisos en la ira y el más oscuro deseo rencor, y pedir lo mismo de la gente ilusa que nada entiende de lastimar?
Por el contrario, Smith no tenía miedo. Ya no bailaba más, y los ladrones, con movimientos bruscos, buscaban dinero. Las luces que alumbraban la cuadra donde ocurría el encuentro desgraciado para nuestro amante padre, estaban celosas de las estrellas. Habrá visto nuestro poeta por casualidad, sobre la esquina Brasil, a las hojas ocres que revoloteaban, en un intento de fuga insípida de la capital por esas épocas. Las habrá observado corriendo por los adoquines y entrecruzando alguna que otra baldosa, desgastada y llena de agua por la falta de atención de quienes debiesen repararla. Le recordó una postal romana. Vio también como los edificios de aquella parte estaban tan deteriorados, y su estructura de mal gusto. Podrían ser unos monobloc, o esas edificaciones de tipo hormiguero, que tienen la curiosa finalidad de hacer que la rutina, - tan estresante, pérfida y odiosa para Smith - fuese aún más lúgubre y espesa. ¡Ah por los cielos! ¿Y entonces nosotros debemos ser mas estériles aún, mas dóciles para soportar semejante invento burgués? Si me querido señor. Puedo asegurarle que la suerte de Ian Curtis a sido en vano.
Ya recostado en el suelo, solo le burlan los malditos. Los minutos se suman a las carcajadas en esta ocasión; después los edificios también ríen y a continuación la luna muestra su mascara y también se tienta. ¡Soberbios!. Y sin embargo el sólo tiene sueños. Esos tipos rudos y vulgares también. Pero Smith no ha perdido la esperanza, por ello su corazón late, golpea y galopa por su pecho con fuerza, en respuesta a aquellos violentos maltratos. En su ayuda: nadie. La calle solo esta desierta. No hay corazones, solo filas y columnas. Y el suelo solo mira los zapatos humildes de este buen hombre. Humilde y pintoresco zapato - ¿Y que forma es esa de llamar a la pobreza? - Podríamos decir entonces que sus autos son pintorescos, pero le faltaría lujo, poder y ostentación – responderían ellos. Soberbios, siniestro desmedro de los iguales, codicia y muchísimas estimaciones nos quedan por fuera de la línea descriptiva. O mejor entonces, podríamos decir que sus carteras de piel de anfibio, o sus tapados exóticos son pintorescos, pero no silencioso poeta, créame que no aceptarían nuestra herramienta de composición literaria: “aquellos objetos son tendencia – dirían - jamás pasan de moda” y eso nos fastidiaría ¿Y por qué entonces? ¿Acaso no hay en nosotros un alma en busca de respuestas y una idea de libertad? ¿No hay amor, entonces, en los malditos corazones de aquellas personas? ¿No hay amor en Borges ni en Platón, que tanto odio al vulgo y a los poetas le merecen? Usted mi señor, ¿acaso vive para una constante recolección de momentos felices y eternos? NO, NO mi querido Smith, usted no vive para matar. Ni odia para lo mismo. La vida es un soneto irrisorio en donde nosotros somos el centro de las burlas. Usted no tiene ese derecho. Como ahora, que yace muerto en el piso, que hace unos minutos, intermitentemente le miraba sus zapatos negros con cordones que no tienen etiquetas de marca más que la estúpida descripción de pintorescas. Invención burguesa por cierto.
Facundo Silva Cáceres
ETERNIDAD
Por la tarde me gustaba leer el ocaso del sol, aquí en el África. Me sentía a gusto dejando que los rayos del júbilo me atraparan, me hicieran creer de mi un hombre. Le daba color a mi pelaje, de forma crápula e indecorosa. Embelesados, mis ojos recorrían el llano de la sabana proyectado bajo la caída del profeta mayor. Algunos en cambio preferían bañarse en aquellas lagunas, para refrescarse del calor veraniego que atrapaba por sorpresa las huestes de nuestras húmedas junglas, más al centro de las montañas. A otros les gustaba correr por las colinas arboladas, repletas de vegetaciones bellas, andar sin presiones del mundo selvático en busca quizás de algún momento romántico con alguna de nuestras hembras. Los sabios y grandes del grupo aprovechaban para recolectar alimentos para nosotros y enseñaban a los más chicos a decodificar el lenguaje de nuestro preciado paisaje. “Rituales”, también decían, debían ser respetados. Y no se podía faltar al designio de los dioses, ni al de los diablos ni mucho menos a esos sacrificios que me resultaban tan detestables. Nuestra cultura era, en efecto, nuestros rituales, menesteres de todo el ciclo aquí en el África. En cambió a mí solo me gustaba enamorarme del atardecer. Por momentos, de forma da cónica, me encontraba en jolgorio, haciendo precisos pedidos de prorroga al advenimiento de la luna cuarto menguante y con respeto, a la vez con temor, observaba las estrellas que aparecían, pidiendo permiso al cielo y a la retirada de nuestro dios mayor, quien de apoco, se escondía detrás de las nubes cálidas y australes que jamás pude ver. Naranja era el pasto y todos me miraban luego. El sol caía y cerca del poeta no puede encontrarse tiempo, ni mucho menos cuerpos en irrupción del majestuoso arte de crear. Hombres me rodean, eso hacen y con su mirada fija y los pies firmes en el suelo, balbucean insultos y maldiciones invocando ánimas, o la verdad no se bien. Tal vez un demonio loco. Y la belleza era toda mía. Esa puesta en la pradera y los arboles ahora también eran míos. Ellos me golpeaban fuerte, me lastimaban. Eran ahora de los míos, siempre lo fueron. Eran ellos y sus rituales. Sentía sus cuernos en mi piel; el suelo empezó a resultarme más familiar de lo común. Los astros invocan mí nombre y aun así no podía dejar de contemplar la belleza: la retirada de aquel preciado. Sus garras afiladas penetraban con dureza mis extremidades. Casi no podía mantenerme en equilibrio. Ni del cuerpo ni del alma. Pero no quitaba mis ojos, cubiertos de lágrimas que provenían del corazón. El tiempo era mío. La historia y sus retazos. Sentía el olor de la tierra y el polvo levantado no me permitían seguir amando el cielo estrellado ahora. Oh terrible vulgo! Mascaras en todos lodos y ánimas pidiendo respeto de ser acogidas en mí. Dulce era el pasto y terrible mi condena, la condena de un poeta animoso de querer amar en tiempo y sus espacios. Los astros me llaman y me invitan. Quizás la metamorfosis me permita ser una de ellas, escoltas de la retirada de mi dios mayor y entonces la eternidad era también mía.
Facundo Silva Caceres.
MI EPÍLOGO FAVORITO
A ella la matan y a él la vida. A Ernesto Sábato no se le hubiese ocurrido jamás. ¿Con que motivo? El amor diría Shakespeare, la locura/cordura diría yo. Pero lo cierto es que su muerte sembró la discusión dentro de los antros y bares de mayor consideración de la Buenos Aires literal. Lugares donde debatían todos. Todos intentando adivinar las causas de aquel fatal desenlace: Imagino a Ocampo delucidando un final o a un Guillermo Carlos Matute, protestando y vociferando insultos en francés por los personajes malignos de aquella maldita obra nunca antes mencionada. Todos locos en Callao: a metros de Santa Fe, al mil ochocientos en las librerías, donde los lectores codiciosos hasta el tope de interés, presumían saber, pero en sus ojos el miedo los invadía; y locos sobre el sendero de los adoquines de la peatonal de la república, buscando, entre tanto y con la mirada errada, horas de sueño y descanso para reponer, atrapados después, los relatos de mi final favorito. Epilogo, perdón. Si antes corrían ahora es involución. Otros tantos en San Telmo, crédulos y rogando a Dios para que se hiciera justicia sobre la vida de Graciana Mariza Juncal, la fallecida es esta ficción.
Facundo Silva Caceres.


